You are hereNinguna buena razón

Ninguna buena razón


Publication Date: 
4 December 2009

Llegó la temporada de queridas tradiciones navideñas: luces, villancicos, regalos y, por supuesto, persecución en el patio trasero de un pavo debidamente embriagado.

A decir verdad, no he participado personalmente en ese último rito, pero mis padres sí. De niños, su deber era correr tras el pobre animal, agasajado ya con sobrada dosis de aguardiente.

Parece cruel, es cierto, pero en una época la práctica era bastante común en Colombia. La razón exacta no es clara y cada quien da su explicación: mi madre dice que la persecución causaba que la sangre del animal se acumulara en la cabeza dejando la carne más blanca; una amiga asegura que dilata los capilares del pavo, lo que suaviza la carne; y mi padre simplemente cree que la carne de un pavo borracho sabe mejor.
En otras palabras, no hay una buena razón.

Es un poco como la reciente visita del Presidente Mahmud Ahmadinejad a Sur América. Claro está que Ahmadinejad no es ningún pavo y mucho menos borracho. Pero las variadas explicaciones de los países anfitriones _ Bolivia, Brasil y Venezuela _ para justificar por qué andan tras el líder iraní me dejaron pensando que no había una buena razón en absoluto.

Funcionarios venezolanos explican la visita en términos de relaciones comerciales e intereses mutuos. Citaron el estatus compartido de Irán y Venezuela como grandes productores de petróleo y su deseo común de hacer contrapeso al poder de Estados Unidos. Es la insensatez típica de Caracas, particularmente teniendo en cuenta que Irán no figura siquiera entre los primeros 50 socios comerciales de Venezuela, mientras que Estados Unidos es el número uno.

El Presidente boliviano Evo Morales aprovechó la visita de Ahmadinejad para hablar en contra de líderes que minan la soberanía de los pueblos. También enfatizó la amenaza inherente de tener una presencia militar extranjera en América Latina, refiriéndose al reciente acuerdo de aumentar la cooperación militar estadounidense en Colombia. Pareciera olvidar el hecho de que Irán estuvo directamente implicado en dos ataques terroristas en Argentina en los años 90, los únicos actos terroristas en el hemisferio vinculados a un grupo extranjero, además de los atentados del 11 de septiembre.

Aún más misteriosa fue la justificación del Presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva para la visita de Ahmadinejad, la primera a Brasil de un líder iraní en 44 años. Lula explicó que el mundo necesitaba acercase a la República Islámica y habló del "derecho de Irán a desarrollar su programa nuclear con fines pacíficos".

Tal vez dicha posición habría tenido más sentido hace unos meses, antes de que se descubriera en septiembre una planta de enriquecimiento nuclear que había mantenido secreta por mucho tiempo. O antes de que Ahmadinejad hubiera empezado a echarse atrás ante el acuerdo firmado en octubre, según el cual enviaría al exterior la mayor parte de su uranio a bajo nivel para un proceso adicional que lo convertiría en una amenaza menor.

La comunidad internacional está cada vez más escéptica de las afirmaciones de Irán de que el desarrollo de su tecnología nuclear es estrictamente para usos civiles. El 27 de noviembre, la Junta de Gobernadores del Organismo Internacional de Energía Atómica votó a favor de censurarlo.

No sorprende que Argentina haya votado en contra de Irán, de donde ha intentado extraditar sin éxito a cinco sospechosos _ incluido el actual ministro de defensa iraní, Ahmad Vahidi _ implicados en el atentado de 1994 en Buenos Aires.

Al final, 25 de los 35 miembros de la junta votaron en contra de Irán. Incluso China y Rusia, que en el pasado habían estado reacios a reprender a la República Islámica, apoyaron la censura, demostrando el amplio desencanto internacional con el liderazgo en Teherán.

Entre tanto, Cuba y Venezuela votaron en contra de la censura, y Brasil se abstuvo. Bolivia no es miembro.

Aparentemente el viaje de Ahmadinejad a Suramérica, días antes, había rendido frutos. La oposición de Venezuela no sorprende. Pero la abstención de Brasil pareció ingenua y simplemente errada.

Claro que a Brasil le gusta considerarse un caso especial y ha tomado decisiones que contradicen las convenciones. Algunas veces ese enfoque ha representado una fuerza para bien y le ha permitido reclamar cierta superioridad moral.

Eso podría decirse de su posición en Honduras, en la que Lula parece tomar una posición enérgica, basada en principios, en defensa de la democracia. Decidido a no permitir un peligroso precedente en la región, ha insistido en que "definitivamente no" reconocerá los resultados de las elecciones hondureñas del 30 de noviembre realizadas bajo un gobierno de facto.

Pero entonces, ¿cómo puede Lula acoger a Ahmadinejad, cuya reelección reconoció a pesar de las amplias acusaciones de fraude y brutalidad?

Claramente Brasil está emergiendo como una potencia global: lidera a América Latina en la recuperación de la crisis económica mundial; ha presionado por un nuevo acuerdo internacional para combatir el calentamiento climático; y derrotó a Estados Unidos para ser la sede de los Juegos Olímpicos en 2016.

Pero sus recientes correrías tras el líder iraní sugieren que Brasil no es plenamente el líder moral que imagina ser. Como un nuevo tipo de protagonista, Brasil es todavía una obra inconclusa.

To publish Ms. Sanchez’s column, please contact the New York Times Syndicate:

Isabel Amorim Sicherle
in Sao Paulo
55-11-3812-5588
sicheia@nytimes.com

Ana Muñoz
in New York
212-556-5177
munoza@nytimes.com