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La izquierda centroamericana en un nuevo contexto mundial
Hace 28 años el espectro del comunismo en América Central le permitió al gobierno estadounidense empezar una guerra, financiarla secretamente y seguir toda clase de políticas destinadas a detener la amenaza de la izquierda. Hoy, no existe siquiera la sombra de esa preocupación por la región.
Aún así, muchos de los problemas fundamentales que agobiaban a esas naciones durante la Guerra Fría y que ayudaron a estimular a la izquierda, todavía perduran. No sorprende, entonces, que la izquierda esté de vuelta, financiada como antes por mecenas ideológicos pero moldeada también por nuevas y moderadoras fuerzas globales.
El FMLN de El Salvador está acercándose a su primera oportunidad de gobernar el país desde que se convirtió en partido político en 1992. El antiguo enemigo del estado y temida organización terrorista, como lo describía la administración Reagan, el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional tiene al candidato favorito a ganar las elecciones presidenciales del 15 de marzo, el popular periodista y presentador Mauricio Funes.
Molesto con la posible derrota tras 16 años en el poder, el partido ARENA de derecha ha intentado revivir los temores de la Guerra Fría asegurando que El Salvador zozobrará y retrocederá 30 años. Estas advertencias, emitidas por la ministra del exterior Marisol Argueta de Barillas en el American Enterprise Institute en Washington en el otoño, son patéticos intentos por ocultar el deseo de un cambio democrático entre un creciente número de salvadoreños.
Y honestamente, Estados Unidos ya no está escuchando. Incluso, funcionarios estadounidenses cuyo trabajo es prestar atención no parecen convencidos por las advertencias. En una entrevista este mes, Thomas Shannon, secretario asistente de estado para asuntos del Hemisferio Occidental, alabó a Funes por apoyar el libre comercio y misiones anti drogas auspiciadas por Estados Unidos en su país. "El FMLN está haciendo un gran esfuerzo para presentarse como una fuerza moderna que trabajará para preservar una relación positiva" con Washington, dijo Shannon.
En Nicaragua, el surgimiento de una izquierda moderna es más tenue. La segunda nación más pobre de las Américas, solo un poco más "próspera" que la arruinada Haití, es una triste muestra de democracia 20 años después de que acabara la guerra de los Contra. Alguna vez el orgullo de la izquierda internacional, Daniel Ortega, ha desilusionado a muchos especialmente después de manipular el sistema electoral para ganar la presidencia con solo un 38 por ciento del voto en 2006.
Hoy, el líder sandinista está menos preocupado por el bienestar de los nicaragüenses que por conservar su poder, llevando a algunos como Larry Birns, director del izquierdista Council on Hemispheric Affairs en Washington, a llamarlo un figura cínica y "auto destructiva". Más recientemente, su gobierno prohibió la participación de dos partidos de oposición en elecciones municipales y le negó la entrada a observadores internacionales interesados en seguir los comicios de noviembre.
A comienzos de este mes, funcionarios de la administración Bush anunciaron su decisión de suspender parte de un paquete de ayuda por $175 millones en respuesta a las irregularidades de la elección. Desde Caracas, donde asistía a una reunión convocada por su nuevo benefactor, el Presidente venezolano Hugo Chávez, Ortega declaró que la suspensión de la asistencia estadounidense "hace más libre a Nicaragua".
No es mucho lo que puede hacer Washington directamente para obtener reformas de Ortega, particularmente en un ambiente mucho más competitivo, como lo describió Shannon, en que Estados Unidos "ya no es la única opción" de asistencia. En cambio, lo que le queda a Washington son los medios más indirectos de persuasión que resultan de una nueva interdependencia creada por acuerdos comerciales o la inmigración.
Para El Salvador, el bienestar del país está en manos de los inmigrantes salvadoreños en Estados Unidos que representan un salvavidas sobre todo en momentos económicos difíciles. Buenas relaciones con Estados Unidos ahora no sólo son obvias sino que van más allá de políticas partidistas.
Incluso Ortega no puede ignorar lo evidente. Hoy Nicaragua depende más que nunca de su acuerdo comercial con Estados Unidos y Centroamérica (CAFTA), debido al cual el 70 a 80 por ciento de sus exportaciones va a dichos países. CAFTA demanda que el país mantenga y mejore elementos fundamentales del mercado que no pueden ser reemplazados por Chávez incluso en su mejor momento.
De hecho Ortega envió su ministro de comercio a la última reunión ministerial atendida por la Secretaria de Estado Condoleezza Rice a comienzos de mes en Panamá. El encuentro ofreció una oportunidad de discutir formas para hacer que el libre comercio sea más justo. "Creo que su participación ... fue un recordatorio para ellos mismos y para otros sobre cuán importantes son las relaciones" construidas en torno al libre comercio, afirmó Shannon.
Ese gesto de módico pragmatismo ofrecido por Ortega está lejos de asegurar que se comprometa con un reforma política integral tan urgente y necesaria en su país. Eso tal vez esté fuera de su voluntad y su capacidad.
En 1981 la administración Reagan decidió que no podría esperar a ver qué tan lejos llegaría Ortega y la izquierda centroamericana. Esta vez, la entrante administración Obama, tanto por sus inmensos retos como por la reducida influencia estadounidense en la región, no tiene otra opción. La pregunta es si en esta ocasión el resultado será un orden más justo.
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