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La importancia de poner fin a la 'Guerra contra las Drogas'


Publication Date: 
16 January 2009

En su encuentro con el Presidente mexicano Felipe Calderón, el Presidente electo Barack Obama "subrayó su interés en encontrar maneras de trabajar juntos para reducir la violencia relacionada con el narcotráfico" en México, la cual causó el año pasado 5.600 muertes, más de las sufridas por Estados Unidos en casi seis años de guerra en Irak.

A pocas cuadras y un día después, otra reunión entre presidentes puso de relieve un potencial camino a seguir. En el Salón Este de la Casa Blanca, el saliente Presidente Bush entregó al Presidente colombiano µlvaro Uribe la Medalla Presidencial de la Libertad, el honor más alto otorgado a un civil.

El país que algunos funcionarios estadounidenses temieron que se convirtiera en un narco-estado, es ya otra nación. Hoy en Colombia los homicidios han caído un 40 por ciento, los secuestros se han desplomado en más del 80 por ciento y los atentados terroristas más del 75 por ciento. "Las fuerzas de la violencia están a la defensiva y el pueblo está recuperando su país", dijo Bush.

Durante la ceremonia, Bush no hizo mención alguna a las hectáreas de coca erradicadas o las toneladas de cocaína confiscadas y en ningún momento usó la frase "guerra contra las drogas". En otras palabras, no habló del éxito colombiano en los términos que por tanto tiempo justificaron la política estadounidense y que enmarcaron el apoyo inicial de Washington, de ahora nueve años y $6.000 millones de dólares, al Plan Colombia.

La razón es simple: la estrategia antidrogas de Estados Unidos no ha reducido el suministro desde Colombia o América Latina en general ni ha reducido la demanda estadounidense. Las drogas ilícitas continúan siendo consumidas, producidas y traficadas a tal grado que altos ex funcionarios del gobierno estadounidense, incluidos ex diplomáticos como Thomas Pickering y Rand Beers, han calificado públicamente como fracaso las políticas antidrogas.

¿Un fracaso? Si, ya que en unidades tradicionales de medición la guerra contra un producto tremendamente lucrativo ha progresado poco. Ahora es mucho más evidente que siempre y cuando exista demanda de drogas, existirán productores y traficantes que la provean.

Pero claro que el colombiano promedio no ve lo que ha ocurrido en los últimos años como un fracaso, ni tampoco actuales funcionarios estadounidenses. Ellos ven al Plan Colombia como un tremendo éxito; de ahí la medalla para su actual gran defensor.

Esta aparente contradicción se debe al simple hecho de que la "guerra contra las drogas" ya no es por la que se está luchando en Colombia. La frase "drug war" es equivocada, confunde los objetivos de las políticas y no refleja la evolución que se ha dado en la formulación de las mismas.

En 1999 un esfuerzo enorme se dedicó a definir una estrategia integral a largo plazo para ayudar a Colombia. A través de ese proceso, Washington empezó a entender los desafíos colombianos más allá del problema del narcotráfico -- ya no en términos de cultivos de coca, laboratorios de droga o crimen organizado -- sino como una lucha para recuperar control territorial, fortalecer instituciones democráticas y reducir pobreza y desesperación.

Hoy, como parte de esa evolución en el pensamiento, el odioso proceso estadounidense de certificación de droga es historia. En los años 80 y 90, los presidentes estadounidenses debían sancionar o celebrar naciones con base en cultivos erradicados o drogas incautadas, un ejercicio a la larga tan contraproducente que se hizo más político que coherente.

El nuevo paquete de ayuda por tres años y $1600 millones de dólares para México y América Central, conocido como la Iniciativa Mérida, representa cierta evolución también al menos en su reconocimiento de la responsabilidad estadounidense como principal consumidor y proveedor de armas. Atrás quedaron los días en 1996 cuando la idea de cooperación de Washington tomó forma en un envío de helicópteros de la era de Vietnam que resultaron ser demasiado viejos y costosos. México los devolvió dos años después.

Pero el viejo paradigma no ha desaparecido por completo. El expresidente boliviano Jorge Quiroga, que una vez encarnó la esperanza de que la guerra era ganable, lamentó en una reciente entrevista la "cínica" pérdida de interés de Estados Unidos en su país. Quiroga afirmó que como las drogas de Bolivia ya no llegan al mercado estadounidense, Washington se comporta como si hubiera cumplido su misión en ese país.

En el actual contexto, en que vienen surgiendo nuevas potencias mundiales mientras la influencia y los recursos estadounidenses disminuyen, expertos en seguridad aconsejan no desperdiciar tiempo y dinero en perseguir metas inalcanzables. Como Patrick Cronin, director del Instituto para Estudios Estratégicos Nacionales de la National Defense University en Washington, estos expertos sugieren que la entrante administración de Obama necesita redefinir problemas en términos más realistas y menos ambiciosos. "En la quijotesca búsqueda de una victoria definitiva es más probable acelerar el agotamiento y el fracaso", escribió recientemente Cronin en U.S. News and World Report.

Un positivo recalibramiento de la política estadounidense hacia América Latina sería aquél que, de una vez por todas, dejara su obsesión con las "drogas" y dirigiera preciados recursos para ayudar a obtener la paz y la estabilidad en la región.

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