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La posibilidad de conciliar a las Américas en torno a política energética
El llamado del Presidente Obama a crear una Alianza Energética para las Américas es, a primera vista, una idea con un tremendo potencial. Y aunque todavía no sabemos casi nada sobre sus componentes, en espíritu es ya un avance en las relaciones hemisféricas.
Durante su audiencia de confirmación, la Secretaria de Estado Hillary Clinton enfatizó las "oportunidades de aumentar la cooperación para alcanzar objetivos económicos, de seguridad y ambientales comunes" en el Hemisferio Occidental, y citó específicamente la idea de una alianza "construida en torno a tecnología compartida y nuevas inversiones en energía renovable".
A ese nivel de imprecisión, la propuesta parece encajar bien con al menos dos de los tres objetivos de la quinta Cumbre de las Américas en abril: seguridad energética y sostenibilidad ambiental. La cumbre, a realizarse en Trinidad y Tobago, deberá reunir todos los líderes del hemisferio con excepción del cubano.
La cooperación que esta alianza promete ha estado ausente en el hemisferio. Bajo presión de Washington, las agendas de cumbres anteriores habían sido dominadas por el libre comercio y las drogas ilícitas, temas que con el tiempo fomentaron divisiones entre el norte y el sur, y confrontaciones ideológicas. El beneficio inmediato para todos no era necesariamente evidente.
En cambio, el tema energético promete más puntos de acuerdo y lleva menos riesgos ideológicos. Los beneficios inmediatos de una mejor calidad de aire o agua, o de una mejor producción y suministro de energía, parecen más evidentes para muchas más personas.
Claro que seguramente alguna vez, en teoría, el oponerse a las drogas ilegales pareció igualmente inobjetable. Pero fueron los detalles y las herramientas que Washington adoptó en la estrategia antidrogas que volvieron el tema mucho más contencioso.
De igual manera, en la superficie, una alianza energética podría sonar inofensiva. Pero también podría estar cargada de detalles contenciosos. Para evitarlos, la administración Obama haría bien en escoger sus batallas con prudencia y no perder tiempo en temas calientes que rápidamente llevarían a callejones sin salida.
En nombre de la seguridad energética y la sostenibilidad ambiental, Washington podría poner la condición de que los aliados sigan reglas de libre mercado y favorezcan el sector privado. Pero tras las adquisiciones gubernamentales sin precedentes de los últimos meses, esta ciudad se vería en apuros si tratara de oponerse a esfuerzos de nacionalización del sector energético en países como Venezuela, Bolivia y Ecuador.
En vez de eso, Obama estaría mejor servido concentrándose en intereses comunes con esas importantes fuentes de combustibles fósiles. En particular, la tecnología compartida podría estar sujeta a esfuerzos a favor de la eficiencia y una producción de hidrocarburos con un menor daño ambiental.
Esa estrategia enviaría un mensaje de reconocimiento de que los combustibles fósiles siguen siendo una realidad en la mezcla energética y un ingrediente crucial en los planes de desarrollo económico de muchos países. Y el enfoque en reducir impactos ambientales y sociales, debiera ser bienvenido por, entre otros, el Presidente venezolano Hugo Chávez.
Pero incluso más peligroso que contrariar a Chávez sería para Estados Unidos promover cooperación sin aceptar honestamente su proteccionismo. Desde hace tiempo, muchos en América Latina, particularmente en Brasil, han expresado oposición contra la tarifa estadounidense al etanol importado, la cual protege su etanol con base en maíz, más costoso y producido más ineficientemente.
Es más, la actual recesión económica ha aumentado la preocupación de que crezca el proteccionismo y se reduzca el compromiso ecológico, a medida que el flujo de dinero disminuye y los precios del petróleo bajan. Todo eso junto da suficientes elementos para que expertos en energía se muestren escépticos ante cualquier oferta de alianza y colaboración internacional.
Ya una vez, durante los 90, la escasez de recursos desvirtuó importantes discursos sobre integración energética en las Américas, recordó David Pumphrey, quien lideró la cooperación internacional energética en el Departamento de Energía hasta hace poco y está ahora con el Center for Strategic and International Studies. Y en ese entonces no había recesión, ni conflicto entre Estados Unidos y Venezuela, ni dudas sobre la economía de mercado, así que "la posibilidad de integración era mayor" que hoy, afirmó Pumphrey.
Annette Hester, una experta en energía nacida en Brasil del Centre for International Governance Innovation en Canadá, cree que a pesar de los actuales impedimentos puede haber progreso. Hester está convencida de que la seguridad energética de Estados Unidos solo vendrá por medio de la colaboración internacional particularmente con las Américas, así que ella y otros expertos a lo largo del hemisferio esperan que Obama aproveche su primera incursión en la región para presentar una propuesta más ambiciosa que lo que ha ofrecido hasta ahora Estados Unidos.
El Acuerdo de Cooperación en Biocombustibles entre Brasil y Estados Unidos lanzado por el ex presidente Bush y el Presidente Luiz Inácio Lula da Silva hace dos años, fue un buen comienzo, pero hasta ahora se ha limitado básicamente a asistir a cuatro pequeños países latinoamericanos interesados en producir etanol de azúcar. Sin un compromiso hemisférico serio de cooperación, persiste la posibilidad de que "Brasil y Estados Unidos terminen cooperando en la producción de Saint Kitts," dijo Hester. "¿Qué tan poco ambicioso es eso?".
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