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Desastres naturales vs. desastres humanos
No soy de Fargo. Estoy lejos de serlo. Pero a lo largo de los años he llegado a conocer la ciudad de 100.000 habitantes a la orilla del Río Rojo gracias a mi esposo, quien creció allá. He asistido a bodas, bautizos, reuniones de exalumnos y todos aquellos eventos importantes que hacen parte de la vida familiar. Más recientemente, Fargo ha estado en nuestra mente por las noticias de una inundación histórica.
La respuesta de Fargo a la inundación no me sorprende. Pero a la vez no deja de asombrarme, ya que crecí en una ciudad latinoamericana por lo menos 60 veces más grande y donde la norma es “sálvense quien pueda”.Miles de residentes se organizaron rápidamente en un esfuerzo voluntario de 24 horas diarias para llenar bolsas de arena y formar cadenas humanas para levantar kilómetros de diques.
Mi asombro creció durante la semana, mientras seguía los sucesos relacionados con la actual crisis económica mundial. No pude menos que sentir envidia de la determinación con que los residentes de Fargo se unieron, totalmente convencidos sobre lo que se necesitaba y teniendo muy claro lo que había que hacer para lograrlo.
Tal vez debemos agradecerle eso a la Madre Naturaleza. Cuando la crisis es nuestra propia creación, como el actual desastre financiero, reaccionamos en forma muy distinta. En vez de tener la sensación de estar juntos, nos sentimos solos, nuestros líderes se dedican a echar culpas unos a otros y a deliberar y deliberar mientras la crisis crece.
Y no es porque no tengamos una idea de las consecuencias si no actuamos. Todos las hemos escuchado: enfrentamos la pero crisis desde la Gran Depresión, las tasa de desempleo están rompiendo récords y los precios de las viviendas están en picada, incluso aquellos países que pensaron inicialmente que estaban inmunes están preparándose para tiempos difíciles.
Esta semana, el Banco Mundial redujo en más de la mitad su pronóstico de crecimiento para países en desarrollo de un 4.4 por ciento a un 2.1 por ciento. Y un informe del Banco Interamericano de Desarrollo predijo que el crecimiento anual promedio en las siete economías más grandes de América Latina en los próximos cinco años podría reducirse a 0.1 por ciento si la recuperación en Estados Unidos y Europa toma más de lo esperado.
No sorprende entonces que los llamados a trabajar juntos surjan por todas partes. En su columna del New York Times, el economista laureado con el Premio Nóbel Paul Krugman recientemente escribió que uno de los errores que sobresalen de los primeros años de la década de los 30 fue que “la respuesta del mundo a la crisis fue insuficiente por la incapacidad de las principales economías mundiales de cooperar”. En la reunión anual del BID en Medellín, Colombia, el Secretario del Tesoro Tim Geithner dijo el 29 de marzo que “este es el momento para que el mundo se una”.
Aun así, días antes de la reunión en Londres de las más grandes economías del mundo y las principales economías emergentes, la llamada cumbre del G-20, versiones sobre desacuerdos entre los participantes ya estaban reduciendo las expectativas de alcanzar un consenso significativo sobre la mejor forma de reconstruir el sistema financiero y revivir la economía mundial.
Los Estados Unidos, China y Japón estaban de un lado presionando para que haya paquetes de estímulo económico más contundentes, mientras que Europa estaba al otro lado a favor de nuevos mecanismos globales de regulación financiera. En el medio, los tres participantes latinoamericanos, Argentina, Brasil y México, en general apoyan ambas ideas pero probablemente no tienen poder suficiente para persuadir a los demás.
Entre tanto en Medellín, a pesar de lo mucho que se habló sobre la urgencia de recapitalizar al BID para responder a la crisis, la Asamblea de Gobernadores concluyó sus sesiones sin un acuerdo al respecto. En cambio, optaron por solicitar un estudio sobre la necesidad de capital adicional, lo que pospondría cualquier acción adicional hasta el otoño por lo menos.
Es obviamente difícil apreciar las verdaderas condiciones de la economía cuando no se pueden ver de manera directa. Simplemente no reaccionamos a crecientes niveles de deuda o desempleo de la misma forma como lo hacemos frente a niveles de agua que amenazan con inundar nuestras casas. Las consecuencias tal vez sean similarmente serias pero no inspiran la misma acción decisiva y colectiva.
Tal vez sea también importante el factor cultural. En una región como la de Fargo donde el clima es severo y sus consecuencias pueden ser extremas, la perspectiva ante la vida es distinta. Me recuerda un episodio en el programa radial de Garrison Keillor Prarie Home Companion durante la inundación de 1997. En él, Keillor habla por teléfono con una mujer cuya casa va flotando por el Río Rojo, al haber sido arrastrada por la corriente. Al preguntarle cómo se encuentra, la mujer responde: “Oh, estoy perfectamente. No hay ningún problema. La casa se desliza muy bien en el agua así que estoy durmiendo bien”.
Esta semana, Fargo recibió más de 30 centímetro de nieve. Pero eso no pareció perturbar a sus residentes quienes estaban complacidos de saber que el agua había empezado a descender por debajo de los diques improvisados, la ciudad estaba regresando a la normalidad a mediados de la semana y todos parecían estar agradeciendo nuevamente su suerte.