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Honduras y el elevado costo del modelo chavista
La expatriación forzada del Presidente de Honduras Manuel Zelaya el mes pasado fue condenada rotunda y universalmente por la comunidad internacional. Su penoso intento de regresar una semana más tarde en un vuelo desde Washington merece un rechazo similar por parte de todos aquellos que legítimamente se preocupan por el futuro de Honduras.
Las travesuras aéreas de Zelaya no hicieron mucho para apaciguar a quienes lo derrocaron por temor a que Honduras se estuviera convirtiendo en otra Venezuela bajo su mandato. Zelaya voló a bordo de un avión venezolano, piloteado por dos capitanes de la Fuerza Aérea venezolana y acompañado de un equipo de la cadena TeleSUR con sede en Venezuela. La cadena televisiva transmitió sin interrupciones el evento con comentarios continuos de Zelaya desde el aire y del Presidente venezolano Hugo Chávez desde tierra en Venezuela -- ambos incitando a sus seguidores a que fueran al aeropuerto a recibir a Zelaya.
Uno pensaría que alguien interesado en calmar una situación ya tensa en Honduras habría buscado otra manera. Pero no, ahí estaba Zelaya en un vuelo a Tegucigalpa, en parte un ardid publicitario, en parte un golpe revolucionario sacado del libro de Chávez: aumentar división y fomentar malestar para lograr un propósito.
Zelaya afirmó que su meta era simplemente regresar para terminar su mandato. Pero su frustrada hazaña debería también servir para recordarnos la miopía de estas tácticas aplicadas a metas más amplias -- especialmente la declarada intención de Zelaya y Chávez de crear una sociedad más equitativa.
"La creencia chavista es que la forma de hacer cambio es por medio de la confrontación", dijo Jennifer McCoy, directora del Programa de las Américas del Centro Carter. "Los arraigados intereses de los sectores privilegiados de la sociedad no cederán por voluntad propia sus privilegios, así que hay que confrontarlos y derrotarlos".
"Lo que le interesa (a Chávez) es la rebelión en Honduras," dijo el ex guerrillero salvadoreño Joaquín Villalobos en una entrevista, es decir, lo mismo que Cuba quería para la región entre los años 60 y 80. Pero mientras Cuba apoyó a insurgencias que lucharon en la mayoría de los casos contra dictaduras reales, "Chávez está agrediendo democracias, débiles pero (aun así) democracias".
La percepción general es que, en sus tres años y medio de gobierno, Zelaya se había convertido en el defensor de los pobres y enfrentado a las élites tradicionales del país, incluso a los miembros de su propia clase conservadora.
Había inscrito a Honduras en el generoso programa de petróleo de Chávez y en la Alternativa Bolivariana para América Latina y El Caribe, un organismo de integración económica de izquierda fundado por Chávez y Fidel Castro. A comienzos de este año, Zelaya había aumentado el salario mínimo en un 60 por ciento.
Estás acciones no fueron bien acogidas por la élite hondureña y en vez de apaciguarlos u ofrecer concesiones a cambio de mayores reformas, Zelaya escogió el enfrentamiento -- con él y "el pueblo" a un lado y las élites al otro, como si no tuvieran ningún interés en común. Ese es el método de Chávez. Envalentonados por los petrodólares venezolanos, Zelaya y sus seguidores sintieron que no había necesidad de ceder, profundizando la polarización hondureña.
Desafortunadamente los líderes del golpe no aportaron mayores pruebas de que estaban del lado del pueblo. Tal vez excusen sus actos asegurando que evitaban así un mal peor -- el día del golpe, Zelaya había llamado a un referendo para reformar la constitución que sus opositores pensaron que usarían para permanecer en el poder -- pero escogieron métodos incompatibles con la democracia.
Es ingenuo pensar que la calamidad hondureña detendrá a Chávez en sus planes de expandir su revolución. De otro lado, queda por verse qué vía escogerán otras fuerzas conservadoras en América Latina si se ven en un dilema similar. Los resultados de la mediación recientemente iniciada por el Presidente de Costa Rica Oscar Arias para resolver la actual crisis, deberán ayudar a evitar que se convierta en un peligroso precedente.
Entre tanto, es importante recordar que existen otros a lo largo de América Latina que están logrando cambios sociales necesarios sin dividir a la sociedad en el esfuerzo.
Brasil, Chile y Uruguay han logrado hacer frente a la pobreza "con medios mucho más reformistas", dijo McCoy. La desigualdad sigue siendo grande en esos países y menos en Venezuela. Pero la polarización de la sociedad venezolana no es un sacrificio justificable y pone en duda la sostenibilidad de ese progreso.
Como indicó Villalobos, no hay duda de que "a América Latina le urgen las centro izquierdas." Esos líderes moderados promoverán cambios que son graduales y sensatos. La otra opción, el modelo chavista, desata "una reacción defensiva de las fuerzas conservadores, un restablecimiento de los conflictos que estábamos cerrando".
América Latina continúa sufriendo la peor desigualdad del planeta. Pero la experiencia de Honduras debiera poner en evidencia el alto costo de intentar resolverla a la manera de Chávez.
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