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Una base sólida para las Américas
En casi dos meses, dos terremotos han puesto en perspectiva diversas formas de pobreza.
La nación más rica y la más pobre de Latinoamérica y el Caribe fueron devastadas por desastres naturales que dejaron a su paso pérdidas humanas muy diferentes. Cinco días después del terremoto del 27 de febrero en Chile, con una magnitud de 8.8 grados en la escala de Richter, el total de muertos era de 802 personas. En Haití, el sismo del 12 de enero, con una magnitud de 7.0 grados, mató a unas 220 mil personas.
La disparidad impresionante puede atribuirse a algunos factores ajenos al control humano. El epicentro fue mucho más cercano a un denso centro urbano en Haití que en Chile. También Haití no había visto un fenómeno similar en 150 años, mientras que en Chile la actividad sísmica volátil es frecuente.
Pero el factor humano -- en particular, la calidad de la construcción -- demostró ser la causa más decisiva del número de muertes. Tristemente, una mayor cantidad de edificaciones colapsaron en Haití a diferencia de lo que pasó en Chile.
No basta culpar a la pobreza dispar -- dicha abstracción tiende a pasar por alto detalles importantes. De manera más específica, las muertes pueden conectarse con las carencias en capacidad humana e institucional.
Chile tiene el ingreso per cápita más alto de Latinoamérica, 14 mil dólares aproximadamente, y sus ciudadanos figuran entre los más educados en las Américas. En cambio, Haití tiene el ingreso más bajo, 1.300 dólares por persona, y casi la mitad de la población mayor de 15 años no sabe leer.
De igual manera, la falta de capacidad institucional agrava el impacto de esa capacidad humana deficiente. Para muchos expertos que han inspeccionado los daños en Haití es claro que no había un código nacional de construcción que se cumpliera en la práctica. Según Sylvana Ricciarini, directora de Servicios Globales del Código Internacional de la Edificación (ICC., por sus siglas en inglés), "si lo había, era un código muy simple (). La gente no lo estaba cumpliendo y probablemente no era suficiente para responder a los riesgos del país".
Recientemente, se han dado esfuerzos en el Caribe para adoptar una Norma de Construcción Regional, basada en los códigos internacionales del ICC. Estas normas son utilizadas por la mayoría de estados y ciudades en Estados Unidos. Líderes regionales esperan que este esfuerzo derive en que se construyan edificios más seguros en Haití y, más importante aún a largo plazo, que se desarrolle la capacidad local de constructores certificados, inspectores de construcción y funcionarios encargados de hacer cumplir el código.
La adopción de una normativa de construcción en la región es compleja. En este momento, la mayoría de los 15 países miembros de Comunidad del Caribe no tiene estándares que se cumplen estrictamente.
Además, presiones y sensibilidades políticas a menudo entorpecen el proceso. En un esfuerzo masivo de reconstrucción como el que está ahora en proceso en Haití, los donantes imponen sus propios códigos a los proyectos que financian, lo que complica el establecimiento de estándares y socava esfuerzos para crear una capacidad local confiable.
Las normas también pueden ser víctimas de presiones ajenas al país donde se espera que éstas se apliquen. En 2001, el Congreso estadounidense buscó financiar la traducción al español de los códigos de construcción de ICC para ayudar a que los latinoamericanos se entrenen en su uso. Otras organizaciones estadounidenses dedicadas a escribir este tipo de estándares acusaron al Congreso de favoritismo y como resultado la ley fue aprobada, no así la asignación de fondos para su aplicación.
Sin un código estándar, los fondos de reconstrucción pueden terminar desperdiciándose. Hace cinco años, Stephen Forneris, ex supervisor de códigos para el estado de Nueva York y arquitecto en ejercicio, viajó con un grupo de expertos en construcción estadounidenses para evaluar áreas de El Salvador que fueron destruidas por dos terremotos a comienzos de 2001. Estas zonas han sido recuperadas con millones de dólares de ayuda externa de Estados Unidos.
Su evaluación fue desalentadora. Muchas de las edificaciones nuevas no se ajustaban a las normas estadounidenses, según concluyeron los especialistas. "Tengo la certeza de que veremos la misma destrucción", si otro terremoto ocurre en esa zona, dijo Forneris en una entrevista.
Esta realidad frustra a los expertos como Forneris dedicados a mejorar las prácticas de construcción en Latinoamérica. Los cálculos de ingeniería son técnicos y objetivos, por lo que no debieran estar sujetos a caprichos políticos o sensibilidades absurdas sobre intromisiones externas. Su difusión debiera ser más sencilla y recibida con la misma anticipación con la que se acoge un descubrimiento médico. "Compartir información de códigos de edificación debiera ser como compartir penicilina para curar enfermedades", enfatiza el arquitecto.
Pero, eso no ha ocurrido, lo que se podría pagar caro en caso de un próximo sismo.
América Latina tiene muchas zonas de elevada actividad sísmica. Dónde será el próximo terremoto no lo sabe nadie. Sin embargo, qué ocurrirá es bien sabido. Adoptar, implementar y hacer cumplir códigos de construcción consistentes y actualizados no debiera requerir de un incentivo mayor.
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