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La Lección Democrática de Colombia
Las elecciones en Colombia se han descafeinado. La gran celebración callejera de la jornada electoral, la fiesta democrática ha desaparecido. Ya no se aprecian los transeúntes con sus camisetas partidarias, las coloridas caravanas políticas y el estruendo amplificado de canciones de campaña.
Los comicios legislativos del 14 de marzo pasado en Colombia se asemejaron más a las elecciones en Estados Unidos: frías, silenciosas y calculadas. Ahora la ley nacional prohíbe cualquier cosa que parezca proselitismo en los centros de votación. No más música, no más campañas de último minuto. Ahora el pueblo simplemente vota, libre de presiones y festividad.
Esta señal de madurez en una de las democracias más antiguas de América Latina fue precedida por otra mucho más significativa. A fines del mes pasado, la Corte Constitucional del país puso fin a las aspiraciones de continuar en el poder del presidente µlvaro Uribe El tribunal concluyó que la alteración de la Constitución para permitir a Uribe lanzarse por tercera vez consecutiva representaría "violaciones sustanciales al principio democrático".
Uribe, uno de los políticos más populares en la historia de la nación, probablemente habría ganado si hubiera podido. Pero con un tercer mandato, su poder habría crecido incluso más allá de la gigantesca confianza que tiene en sí mismo, permitiéndole influir, por ejemplo, en la selección de todos los magistrados a la Corte Suprema. El sistema colombiano de frenos y contrapesos se habría visto comprometido.
Muchos pudieron respirar más tranquilos en Washington. A pesar de la profunda admiración por Uribe y por ayudar a construir lo que es tal vez la relación más fructífera de Estados Unidos en la región, prácticamente nadie en esa ciudad apoyaba un tercer período del actual gobernante. El presidente Obama, en una reunión privada con Uribe en julio, hizo eco de esa incomodidad y aprovechó para mencionar que en Estados Unidos dos mandatos son suficientes.
Por eso, a nadie sorprendió que Obama estuviera complacido con la decisión de la corte. En una carta enviada al mandatario colombiano el 10 de marzo, el Presidente estadounidense alabó a su colega por aceptar el dictamen, lo que afirmó era "un ejemplo invalorable de que los ciudadanos, incluidos los presidentes, deben someterse a la ley y aceptar las decisiones de las instituciones democráticas".
Tal vez el mensaje de Obama parezca un halago extraño para un presidente que va de salida y que simplemente se limitó a obedecer la ley. Pero los redactores de la carta estadounidense, como muchos otros, tienden a sospechar que los retos internos a la democracia equivalen a instituciones débiles. Pero esa es una apreciación errada en el caso de Colombia, donde la fuerte tradición democrática es la que ha permitido a esta nación superar muchas de sus tribulaciones.
Con la excepción de una breve junta militar entre 1953 y 1957, los colombianos han disfrutado de gobiernos civiles por más de un siglo. En términos de participación, la elección legislativa del 14 de marzo vio el mayor número de votantes de la historia, casi un 45 por ciento del potencial electoral. Esta cifra es cinco puntos porcentuales más alta que los registros de las recientes elecciones legislativas en Estados Unidos.
También significativa es la calidad de los candidatos que participarán en la elección presidencial del 30 de mayo. Entre ellos, hay dos ex profesores universitarios que llegaron a ser alcaldes populares y efectivos: Sergio Fajardo en Medellín y Antanas Mockus en Bogotá. También estarán tres políticos con carreras distinguidas en el Senado: Rafael Pardo del tradicional Partido Liberal, Gustavo Petro con el izquierdista Polo Democrático Alternativo y Germán Vargas Lleras de Cambio Radical.
Otros candidatos intentan llegar a la presidencia a la sombra de Uribe. Entre ellos está su ex ministro de Defensa, Juan Manuel Santos, quien lideró los militares durante la arriesgada y exitosa liberación de secuestrados de alto perfil en 2008. Otro es el ex ministro de Agricultura, Andrés Felipe Arias, también conocido como "Uribito".
Claro está que la democracia colombiana enfrenta todavía muchas fallas, como esta temporada electoral lo demuestra. Arias, de 37 años, podría todavía ganar la nominación del Partido Conservador a pesar de haber sido vinculado a un escándalo de subsidios agrícolas, en el que millones de dólares habrían sido repartidos entre familias poderosas a cambio de favores políticos.
El resultado más lamentable de la reciente elección legislativa fue la victoria alcanzada por un nuevo partido, el cual ha sido acusado de tener vínculos con escuadrones de la muerte de la extrema derecha y del narcotráfico. A pesar de muchos años de investigaciones independientes destinados a purgar la influencia criminal en la clase política, el Nuevo Partido de Integración Nacional obtuvo nueve de las 102 curules del Senado.
Curiosamente, sin Uribe en la contienda, esta campaña sigue siendo mucho acerca de él. Los dos partidos más allegados al Presidente ganaron la mitad de los escaños del Congreso. Aunque los candidatos presidenciales luchan por diferenciarse de los demás, ellos también entienden que no deben ir muy en contra de Uribe si esperan ganar.
Plataformas de cambio parecen menos bienvenidas que los ofrecimientos de hacer las cosas de mejor manera. Más allá de las promesas de campaña, no hay razón para creer que el país retrocederá con cualquiera de los principales candidatos como presidente, y menos que ello ocurra en detrimento de los intereses estadounidenses.
Tal vez, las elecciones en Colombia no son ahora la estruendosa fiesta de antes, pero pareciera que cada vez hay mayores razones para celebrar.
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