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El costo de una buena relación entre México y Estados Unidos


Publication Date: 
21 May 2010

Esta semana, Washington recibió al presidente mexicano Felipe Calderón con el tratamiento de una celebridad y la pompa diplomática que solo esta ciudad puede brindar. Pero, las cenas de Estado, los discursos ante el Congreso y los escenarios compartidos con estrellas como el presidente Obama o Beyoncé no son exactamente del agrado del mandatario. Como dirían los mexicanos, Calderón no estaba en su mero mole.

Durante los tres años y medio transcurridos desde que asumió su cargo en diciembre de 2006, Calderón ha preferido mantener un bajo perfil en esta capital, en pos de un tipo de relación bilateral muy distinto al que estableció su predecesor, Vicente Fox. Convencido de que prometer y exigir demasiado no sirvió bien a ninguno de los dos países en los seis años anteriores, Calderón optó, en cambio, por manejar las expectativas enfocándose en temas mutuamente beneficiosos y digeribles en Washington y Ciudad de México: la lucha contra el crimen organizado y el aumento de la seguridad fronteriza, al tiempo que se agilizan los cruces legales.

Ese tipo de diplomacia con guantes de terciopelo ha surtido buen efecto. La cooperación entre ambos países ha alcanzado niveles históricos en asistencia y entendimiento. En los últimos dos años, más de mil millones de dólares han sido asignados por Washington para asistir a Calderón en su difícil, pero valiente lucha contra los carteles de la droga.

Dicha ayuda está ahora evolucionando en respaldo a instituciones democráticas y comunidades que se encuentran en el fuego cruzado de los criminales, reflejo de un entendimiento más matizado por parte de Estados Unidos de los retos que enfrenta su vecino del sur. Funcionarios de la Administración Obama han reconocido, además, en repetidas ocasiones la responsabilidad estadounidense en la lucha de México, algo que los habitantes de esa nación habían deseado oír por años.

Los mexicanos, sin embargo, desconfían cada vez más de la estrategia anti drogas de Calderón, que ha dejado un saldo de casi 23.000 muertos. Su partido ha sufrido en las urnas y figuras prominentes lo critican por no haber previsto las consecuencias de sacudir ese enjambre de violencia.

Ante dichas circunstancias parecía que una palmada en la espalda del presidente Obama, televisada internacionalmente, le haría bien al reticente Calderón. Pero Estados Unidos tenía más que halagos reservados para él.

Hace menos de un mes, Arizona adoptó la ley más dura en el país contra la inmigración ilegal. Aunque la norma ya ha sido enmendada parcialmente y varias demandas legales siguen pendientes, desató una severa reacción en México, lo que obligó a su máximo gobernante a hablar más abiertamente sobre el tema migratorio.

Desde su llegada a la Casa Blanca, Calderón denunció la nueva ley estatal por ser discriminatoria. Posteriormente, confesó haberle dicho a Obama que México mantendrá su “firme rechazo a que se criminalice la migración” y que su gobierno “se opondrá firmemente” a su aplicación. En su discurso ante la sesión conjunta del Congreso, se refirió a la norma como “una terrible idea”.

Según Andrés Rozental, experto mexicano en política exterior, Calderón se ha visto forzado a “defender o hacer pronunciamientos públicos sobre este tema”, lo que había evitado anteriormente.

No es claro qué efecto tendrá el reciente estilo apasionado de Calderón en el acalorado debate estadounidense sobre la inmigración. Con su contraparte mexicano al lado, Obama reiteró su compromiso de arreglar el deficiente sistema migratorio estadounidense, pero reconoció que no tiene los sesenta votos en el Senado que necesitaría para lograrlo.

Existe la posibilidad de que el cambio de tono resulte contraproducente y haga aún más difícil que los republicanos apoyen la reforma. Pero, también, es difícil imaginar que México no tenga qué decir en un debate que afectará a millones de sus connacionales y que requerirá de la cooperación de ese país, independientemente de la dirección que tome la discusión.

Rozental está convencido de que el silencio de Calderón, al igual que el de Vicente Fox en sus últimos años en la presidencia, ha sido un error. “Los estadounidenses -a diferencia de otras culturas- siempre han preferido que les digan las cosas de frente”, saber lo que realmente piensan los mexicanos sobre un tema que tanto los afecta.

Pero en Estados Unidos también quieren saber lo que está haciendo México para detener la migración ilegal. Andrew Selee, director del Instituto Mexicano del Centro Woodrow Wilson, enfatizó en una entrevista que Calderón “tendría escasa autoridad moral para dar sermones sobre la necesidad de cambiar la ley migratoria de Estados Unidos, si no los acompaña con un mensaje en torno a la responsabilidad de México de crear oportunidades para que la gente se quede en México”.

El mandatario pareció haber escuchado el consejo. En su discurso de 35 minutos ante el Congreso dedicó un buen tiempo a describir sus esfuerzos “para transformar a México en una tierra de oportunidades” y así darle a los mexicanos una razón menos para emigrar. “México está decidido a asumir su responsabilidad. Para nosotros la inmigración no es solo un problema de Estados Unidos, sino de nuestro país también”.

También destacó la firmeza de su gobierno en combatir el crimen organizado, a pesar del costo tremendo en vidas y recursos y el riesgo para su propia posición política.

El líder mexicano no es del tipo que ansía acaparar la atención pública internacional. Pero, tal vez, ya haya logrado más que sus predecesores al llegar a Washington con evidencia tangible de que su país entiende que hay un costo por pagar para tener mejores relaciones con Estados Unidos.

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